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Entre filtros: estándares imposibles y la estética prefabricada del 14 de febrero

En la era de Instagram y TikTok, el amor ya no solo se siente: se exhibe, se mide y se compara.

Por Abril Avilés

En febrero, el mes del amor y la amistad, vuelve a surgir una pregunta inevitable: ¿Cómo percibimos el amor hoy en día? En una era en la que todo pasa por las redes sociales, vivimos en un flujo constante de información sin filtro. Buscamos la foto perfecta antes que el momento auténtico. Pero ¿Cómo se traduce esto en nuestras relaciones?

Ramo de rosas rojas, caja de regalo con lazo carmesí y bolsa de Chanel acompañados de globos en forma de corazón, en una puesta en escena romántica sobre un sillón color marfil.

Cada vez circula más contenido que dicta cómo debería comportarse un hombre o una mujer en pareja: qué regalar, cuánto gastar, cómo sorprender, qué publicar. Muchas personas han dejado de vivir el amor desde su percepción personal para guiarlo a través de consejos emitidos desde una pantalla. La sobreexposición a discursos poco cuidados va moldeando, casi sin notarlo, la manera en que nos vinculamos. El algoritmo no solo organiza lo que vemos; también condiciona lo que esperamos.

Según datos de Statista, en 2019 más del 70% de los jóvenes entre 18 y 29 años afirmaron que las redes sociales influyen en su percepción de las relaciones amorosas. La demostración afectiva parece necesitar validación pública: si no se publica, ¿existió? Si el regalo no es costoso o visualmente impactante, ¿es suficiente?

Flores, globos y cajas de lujo organizados como ritual moderno de San Valentín, donde el romance se articula en clave visual y compartible.

Ya no se buscan cartas escritas a mano que nazcan del corazón ni experiencias íntimas lejos de la cámara. Se busca que el amor se evidencie a través de lo material, que los regalos sean más grandes, más caros, más “instagrameables”. El gesto privado se transforma en contenido. El sentimiento se convierte en narrativa visual.

Dato clave: En países de América Latina, el gasto promedio en San Valentín ha aumentado en los últimos años, incluso en contextos de inflación y crisis económica, impulsado en gran parte por el comercio digital y campañas dirigidas a públicos jóvenes.

Existe una estética romántica prefabricada :rosas rojas, globos en forma de corazón, cenas con luces tenues; que la audiencia siente que debe cumplir. Son estándares que muchas veces ignoran la realidad económica actual. Para jóvenes de veinte años, alcanzar ese “mínimo esperado” puede implicar endeudarse o sentir que no están a la altura. El amor, entonces, comienza a medirse en presupuesto.

Buscar el amor desde la sensación, la conexión, el respeto y la complicidad queda relegado cuando la billetera no alcanza los estándares impuestos. La comparación constante genera ansiedad: ¿por qué mi relación no se ve así? ¿Por qué mi pareja no hace lo que otros hacen?

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