La nueva adaptación del clásico de Emily Brontë apuesta por una estética más cruda y sensorial, donde la ropa deja de acompañar la historia para empezar a contarla.
Por Valdiviezo Luz
El viento en los páramos no es lo único que se mueve en Cumbres Borrascosas. También lo hacen las capas, los vestidos pesados y los abrigos oscuros que construyen la identidad visual de esta nueva versión del clásico de Emily Brontë. La adaptación cinematográfica 2026 no intenta repetir la estética romántica tradicional: la resignifica desde una mirada más cruda y contemporánea.
Desde las primeras escenas queda claro que el vestuario no está pensado para embellecer sino para expresar. A diferencia de la versión de Wuthering Heights, donde predominaba una elegancia más estilizada, aquí las prendas parecen tener peso real. En esta versión, el vestuario abandona la estética romántica tradicional y adopta una identidad visual más cercana al gótico moderno. Los tonos tierra, los grises y los negros profundos dominan la pantalla y dialogan con el paisaje. Nada luce perfecto: todo parece atravesado por el clima y por el conflicto emocional.

Este cambio estético no es menor si se piensa en el peso simbólico que tiene la novela original. La historia de Catherine y Heathcliff siempre estuvo atravesada por la intensidad emocional y la ruptura de normas sociales, pero en esta adaptación esa tensión también se traduce visualmente. El vestuario acompaña esa rebeldía: hay menos idealización y más contradicción. Las prendas no buscan suavizar el drama, sino reforzarlo, haciendo visible en la superficie lo que los personajes llevan por dentro.
La dirección de vestuario estuvo a cargo de Jacqueline Durran, diseñadora británica reconocida por su trabajo en películas de época con impronta moderna. En esta producción apuesta al realismo textural: telas que se arrugan, que se ensucian y que se integran al entorno. No hay piezas rígidas ni artificiosas; hay ropa que respira dentro del relato.
El vestuario también construye diferencia social. Mientras los Linton aparecen con cortes más estructurados y materiales más refinados, y los Earnshaw lucen prendas rústicas, más oscuras y menos ornamentadas. Esa decisión estética funciona como un recurso narrativo: la desigualdad se percibe visualmente antes de que se explicite en el guion.
Además, el trabajo de Jacqueline Durran no solo dialoga con la época en la que transcurre la historia, sino también con una sensibilidad contemporánea. Hay una intención clara de alejarse de la imagen romántica clásica y acercarse a una representación más humana y menos idealizada. Las siluetas no buscan estilizar a los personajes sino acompañar su conflicto interno. Esa decisión convierte al vestuario en una herramienta narrativa que refuerza el tono oscuro y emocional de la película, alineándose con una tendencia actual del cine que prioriza la experiencia sensorial por sobre la estética ornamental.

Robbie como Cathy en un picnic con un oversized sombrero de raffia, con Hong Chau como Nelly Dean.
En esta adaptación, la ropa deja de ser acompañamiento para convertirse en discurso. El romanticismo ya no se presenta idealizado, sino tormentoso y tangible. Y en ese cambio, el vestuario cumple un rol central: antes de que los personajes hablen, la imagen ya cuenta la historia. En este sentido, la nueva Cumbres Borrascosas se inscribe en una corriente donde la indumentaria no embellece: expresa conflicto.
