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Del papel al WhatsApp: las cuatro vidas del Dia del Amigo

De la carta escrita a mano al audio de WhatsApp: cómo cada generación argentina reinventó a su manera la fecha que un odontólogo de Lomas de Zamora inventó mirando televisión

Por Eduardo Estrada

Hay algo que no cambió en 57 años: cada 20 de julio, alguien en algún lugar de la Argentina siente el impulso de decirle a otra persona que la aprecia. Lo que sí cambió radicalmente es cómo se lo dice. Según reconstruye LA NACION, la fecha nació en 1969 de la mano de Enrique Ernesto Febbraro, un odontólogo de Lomas de Zamora que, inspirado por la llegada del hombre a la luna, envió mil cartas a cien países para proponer el 20 de julio como el Día del Amigo. Desde entonces, la forma de celebrarlo mutó tantas veces como la tecnología que tuvo cada generación a mano.

Los 70’s y 80’s: el gesto manuscrito. En sus orígenes, la celebración tenía una impronta casi solemne. La consigna con la que se difundió la iniciativa —y que distintas fuentes vinculan también a su pertenencia a la masonería— sostenía que el recuerdo debía ser «una celebración ética, sin fines de lucro ni de fomento al consumo», bajo el lema «un pueblo de amigos es una nación imbatible». Esa filosofía se tradujo, en la práctica cotidiana de las familias argentinas, en tarjetas escritas a mano, cartas de papel y algún que otro llamado por teléfono de línea —caro y breve, reservado para lo importante—. Elegir el papel, buscar las palabras justas y esperar el correo eran parte del ritual: la amistad se demostraba con tiempo invertido, no con inmediatez.

Los 90’s y 2000: el teléfono y el ritual grupal. Con la masificación del teléfono celular y los mensajes de texto, la comunicación se aceleró, pero todavía conservaba cierta ceremonia. Fue también la época dorada del “amigo invisible”, una dinámica de sorteo y regalo sorpresa que, aunque de origen distinto al Día del Amigo, terminó asociándose fuertemente a la fecha en oficinas, colegios y grupos de amigos. El ritual sumaba expectativa: durante semanas se especulaba quién le había tocado a quién y el 20 de julio se transformaba en una pequeña puesta en escena colectiva.

Mujer escribiendo en telefono celular

Los 2010: la explosión digital. La llegada de WhatsApp y las redes sociales cambió las reglas. La comunicación pasó a ser masiva, instantánea y muchas veces, despersonalizada: cadenas de mensajes reenviados, memes idénticos circulando por decenas de grupos, fotos viejas resucitadas para la ocasión. En paralelo, la fecha se consolidó como motor económico: según datos de la consultora Focus Market, hoy el asado lidera las preferencias gastronómicas con el 28%, seguido por la picada 26% y la pizza 24%, en una jornada que moviliza gastronomía, regalos, a niveles cada vez mas altos. La fecha que Febbraro había imaginado terminó siendo, medio siglo después, una de las de mayor impacto comercial del calendario argentino.

Hoy: la amistad a distancia. La generación actual agrega una capa que ninguna anterior tuvo que resolver: la migración y la dispersión geográfica. Con amigos repartidos entre Buenos Aires, Madrid o Miami, la videollamada reemplazó a la carta y al mensaje escrito: se busca ver la cara, escuchar la voz, aunque sea a través de una pantalla. Es, en cierto modo una vuelta de tuerca al espíritu original de Febbraro: si en 1969 la humanidad entera compartió en simultáneo, por televisión, la imagen de un hombre pisando la luna, hoy son los propios amigos quienes recrean ese instante de conexión compartida, pantalla mediante, cada vez que se llaman para celebrar la fecha.

Lo que atraviesa las cuatro generaciones, en definitiva, no es el medio sino la intención. Cambiaron el papel por el pixel y el sello postal por el icono de “enviar”, pero la pregunta de fondo ¿a quién le importa que yo exista? Sigue moviendo, cada 20 de julio, a millones de personas. Febbraro murió en 2008 sin ver WhatsApp ni videollamadas, pero probablemente hubiera reconocido, en cada una de esas formas nuevas de mostrarle cariño a alguien, la misma idea que lo llevó a escribir mil cartas mirando la luna por televisión.

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