Durante años se habló de presión alta, posesión, cambios tácticos y eficacia ofensiva. Sin embargo, detrás de los títulos apareció una construcción mucho más profunda: Un grupo de jugadores convencidos de que ningún talento individual vale más que un equipo unido.
Por Camila Scolati
Cuando Lionel Scaloni asumió la dirección técnica de la Selección Argentina en 2018, recibió mucho más que un equipo en proceso de renovación. Encontró un plantel golpeado por tres finales perdidas de manera consecutiva, una eliminación temprana en el Mundial de Rusia y un clima de desconfianza que parecía instalarse cada vez que la camiseta argentina salía a la cancha. Incluso Lionel Messi había anunciado su retiro de la Selección en 2016, agotado por las críticas, antes de decidir regresar meses más tarde. La reconstrucción no comenzó con un cambio táctico, sino con una decisión mucho más profunda: el grupo debía estar siempre por encima de cualquier nombre propio. Ese principio terminó convirtiéndose en la identidad de la Scaloneta.
Con el paso de los años, esa idea empezó a reflejarse en pequeños gestos cotidianos que rara vez ocupaban los titulares originalmente. Las concentraciones dejaron de ser únicamente espacios de preparación deportiva para transformarse en lugares de convivencia. Las partidas de truco, los mates compartidos, las bromas durante los viajes y las tradicionales rondas musicales comenzaron a formar parte de la rutina del plantel. También aparecieron rituales que sólo pueden entenderse dentro de un grupo consolidado: Leandro Paredes y Rodrigo De Paul mantuvieron durante años la misma cábala con caramelos Sugus antes de los partidos, mientras que Lisandro Martínez y Cristian Romero popularizaron el uso de palo santo, agua bendita y estampitas antes de salir al campo de juego. Más que simples supersticiones, esos rituales terminaron funcionando como una forma de compartir la concentración y recordarse mutuamente que nadie afrontaba solo la responsabilidad de representar al país.
Quizás la transformación más evidente haya sido la de Lionel Messi. Durante gran parte de su carrera en la Selección se lo vio asumir un liderazgo silencioso, muchas veces acompañado por la presión de sentirse el único responsable del resultado. En este nuevo ciclo apareció un capitán diferente: participando de las bromas, cantando en las celebraciones, compartiendo mates y disfrutando de una convivencia que durante años parecía fría. Sus propios compañeros entendieron que cuidar emocionalmente al capitán también formaba parte del proyecto. Un ejemplo ocurrió durante su cumpleaños número 39, celebrado en plena concentración junto a la Selección, cuando todo el plantel lo sorprendió con remeras especialmente diseñadas con fotografías compartidas junto a él y mensajes personales. El gesto fue mucho más que un homenaje: simbolizó que el peso de conducir al equipo ya no recaía únicamente sobre sus hombros y ahora lo conformaba una familia.
La amistad y fortaleza del grupo también comenzó a verse en decisiones mucho menos visibles para el público. Futbolistas acostumbrados a ser titulares indiscutidos en sus clubes aceptaron ocupar un lugar secundario cuando el equipo lo necesitó. Algunos ingresaban apenas unos minutos; otros esperaban varias fechas para tener una oportunidad, e incluso hubo jugadores que quedaron fuera de convocatorias importantes sin generar conflictos públicos. Esa aceptación de los distintos roles permitió sostener una convivencia poco habitual en selecciones con figuras de primer nivel. En la Scaloneta, el protagonismo individual pasó a ser una consecuencia del funcionamiento colectivo y no su punto de partida.
Los resultados deportivos terminaron confirmando esa construcción. La obtención de la Copa América 2021 puso fin a una sequía de casi tres décadas sin títulos mayores. Luego llegaron la Finalissima, el Mundial de Qatar 2022 y una nueva Copa América en 2024. Sin embargo, reducir este proceso únicamente a los trofeos sería quedarse con la parte más visible de la historia. El verdadero legado del ciclo de Scaloni probablemente sea haber demostrado que la confianza también puede entrenarse, que la empatía puede convertirse en una herramienta de alto rendimiento y que un vestuario unido puede marcar tanta diferencia como una innovación táctica.
Lionel Messi es celebrado por sus compañeros tras la victoria ante Egipto en los octavos de final del Mundial 2026. El festejo refleja el espíritu de la Scaloneta, un grupo decidido a acompañar a su capitán y a devolverle, mediante un deseo compartido, las alegrías que él les regaló durante toda una generación.
En el Día del Amigo, la historia de la Scaloneta invita a mirar más allá del resultado de un partido. En una época en la que el deporte profesional suele estar atravesado por el individualismo y la exposición permanente, este equipo eligió construir su identidad alrededor de valores menos espectaculares, pero mucho más duraderos como el valor que aporta la amistad y la convicción de que nadie alcanza la gloria completamente solo. Quizás por eso, cuando millones de argentinos recuerdan a este plantel, no hablan únicamente de un equipo campeón. Hablan de un grupo que consiguió algo todavía más difícil. Ellos lograron representar al país desde la confianza mutua, elevando así la personalidad real de cada uno; y hacer sentir que, dentro y fuera de la cancha, la amistad también puede convertirse en una forma sincera de competir.
