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Sin paz y sin descanso: el polémico de proyecto de hacer un café en el cementerio

Por Celeste Battiato

Café de autor, souvenirs y un lugar de descanso eterno. Una combinación que por momentos roza lo absurdo y desafía límites que hasta hoy parecían infranqueables.

Un perfume de granos de café recién molido flota en el ambiente y convive con música de jazz y conversaciones al pasar. Podría ser un café de autor en cualquier rincón porteño donde hacer una pausa o simplemente ver pasar el tiempo. Sin embargo, cuando abrimos la mirada, la escena cambia por completo.

Ya no hay veredas, árboles ni atardeceres sobre el río, sino placas de mármol, bóvedas y nombres grabados en bronce que nos recuerdan que estamos en un cementerio. A través de los cristales de algunas bóvedas, incluso, se distinguen los féretros. Esto, que parece ficción, sin embargo, estuvo a punto de convertirse en realidad cuando el Gobierno de la Ciudad impulsó un inusual proyecto de explotación comercial dentro de una bóveda del Cementerio de la Recoleta.

La Ciudad de Buenos Aires lanzó una licitación pública para explotar comercialmente y, durante cinco años, un espacio cuya concesión había sido declarada caduca. El proyecto contemplaba la instalación de un gift shop, la venta de alimentos y bebidas para llevar, y la incorporación de recorridos turísticos nocturnos por el cementerio.

De este modo, la iniciativa buscaba poner en valor el patrimonio histórico del lugar, ampliar los servicios para los visitantes y generar recursos destinados a su mantenimiento. Sin embargo, la familia Girado sostuvo que allí, desde 1880, todavía descansaban sus familiares, presentó un recurso de amparo ante la Justicia y logró frenar el proceso. Finalmente, la Ciudad dio de baja la licitación, cuya apertura de ofertas estaba prevista para el 9 de septiembre.

Bóveda familia Girado, Cementerio de la Recoleta.

Del otro lado del océano, aquello que por momentos parece rozar lo absurdo encuentra antecedentes que la propia Ciudad utilizó para defender el proyecto. Viena, Dublín y Berlín incorporaron cafés y tiendas a sus cementerios, aunque no todos del mismo modo: mientras Viena tiene un Museo Funerario con tienda propia y Dublín cuenta con un Visitor Centre que combina museo, café y gift shop, Berlín, más cerca de Buenos Aires, convirtió capillas y salas velatorias en catedrales de baristas. En el otro extremo, el caso de Recoleta proponía intervenir la misma bóveda que la familia Girado logró proteger en la Justicia. La discusión deja entonces de ser turística para volverse una pregunta incómoda: ¿cuánto de lo sagrado se puede convertir en negocio antes de dejar de serlo?

Tal vez el problema fue haber confundido los rituales: el café es un ritual de encuentro, y el cementerio, un ritual de despedida. La pregunta de fondo no se cierra cuando se cierra la bóveda. En marzo de este año, Charly Alberti y Zeta Bosio estrenaron «Ecos de Soda Stereo», un espectáculo en el que Cerati vuelve a los escenarios convertido en un holograma construido con inteligencia artificial. Algunos fans lo celebraron como un reencuentro, como otra oportunidad. Para otros, fue lisa y llanamente un fraude. Cerati no puede decidir si quiere ese regreso, así como los Girado no pueden preguntarle a sus muertos si están de acuerdo con vender el lugar donde descansan. Tal vez, y con taza de café mediante, deberíamos sentarnos a pensar quién decide por los muertos cuando ellos ya no pueden hacerlo.



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