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IA, catálogos y encubrimeinto: la violencia contra las alumnas de Lomas y la lección de las que no se callan

La creación y venta de pornografíca falsa de 40 alumnas de un colegio mediante Inteligencia Artificial expone la actualización digital del viejo «pacto de varones».

Por Angeles La Spina

Pasó en el Colegio Modelo de Lomas de Zamora, pero la escena podría reflejarse en casi cualquier institución del país. Un grupo de alumnos de tercer año pagó una membresía en una plataforma de Inteligencia Artificial, descargó fotos que sus compañeras habian subido a redes sociales privadas, la desnudó digitalmente y armó catálogos con nombre y apellido para vender el contenido. Lo compartieron en grupos de WhatsApp con estudiantes de otros colegios de la zona y subieron las imágenes a sitios de pornografía.

Fueron alrededor de 40 las adolescentes afectadas. Las autoridades del colegio fueron las primeras en enterarse, incluso antes que las propias chicas, y su primera reacción fue apelar a la receta del siglo pasado: bajar la persiana, minimizar el hecho y pedir silecio. Un llamado de atención en el cuaderno de comunicados para los responsables y la sugerencia implícita a las víctimas de que no dijieran nada mientras lloraban en los pasillos.

Pero ellas no se callaron. Y ahí es donde esta historia conecta de lleno con la memoria colectiva y el legado que dejó la marea feminista de 2018: la verguenza cambió de bando, la culpa ya no es de la víctima y la respuesta se construye de a muchas.

Denuncias en el Colegio Modelo de Lomas de Zamora por la difunsión de fotos pornográficas de alumnas generadas con IA por sus compañeros

El pacto machista

Para analizar lo que pasó en Lomas no alcanza con culpar o horrorizarse con el avance de la tecnología. La Inteligencia Artificial es solamente la herramienta de apoyo; lo que hay de fondo es la vigencia intacta del viejo y conocido pacto de la masculinidad.

A partir de 2018, las discusiones en las escuelas, las asambleas estudiantiles y la calle nos enseñaron a nombrar la complicidad machista cotidiana: los chats paralelos, la circulación impune de fotos íntimas, la codificación del cuerpo de las compañeras como trofeo o moneda de cambio para encajar. En este caso, la diferencia fue logística: hubo financiamiento para pagar la herramienta de Inteligencia Artificial, hubo producción en serie y un objetivo económico o de estatus social. Pero la lógica de fondo no cambió en absoluto: disponer de la imagen y la intimidad de las mujeres sin su consentimiento.

Cuando el concepto «mi cuerpo es mio» atravesó las aulas del país, el debate parecía centrado en la presencia física y la autonomía reproductiva y afectiva. Hoy, la ciberviolencia demuestra que eso se trasladó al mundo digital.¿Qué pasa cuando lo que te expropian no es la presencia física, sino tu rostro, tu identidad y la desición de cómo querés mostrarte al mundo? La violación del consentimiento sigue estando ahí, intacta y violenta.

Instituciones ciegas

Lo más grave del caso de Lomas de Zamora no fue únicamente la perversión del grupo que armó el catálogo, sino la ceguera y la desprotección intitucional. Pretender resolver un delito digital que involucra difunsión masiva de pornografía no consentida con «una nota en el cuarderno» expone la enorme brecha que existe entre la realidad digital que habitan los adolescentes y las herramientas de gestón que manjean los adultos a cargo de la educación.

La respuesta inicial de las autoridades educativas reflejó una mecánica clásica de encubrimiento instucional: el temor al impacto reputacional del colegio por encima del resguardo de la salud mental y la intregridad de la alumnas. Al pedirles que se callaran, la instución no solo las revictimizó, sino que las dejó en una situación de indefensión absoluta dentro del propio espacio que debería cuidarlas.

La sentada como escudo

Si la dirección de la escuela se quedo en el pasado, las alumnas demostraron todo lo contrario. Frente a la inacción directiva, las estudiantes se organizaron entre ellas, buscaron el respaldo de sus familias y montaron una protesta y una sentada en la puerta del colegio para exigir la expulsión de los agresores y explicaciones a la autoridades.

«A mi hija le pasó que uno de los implicados era su mejor amigo. Hoy las vi conectadas y juntas, protegiéndose entre sí», relataba una de las madres de las víctimas durante la manifestación. El hecho de no quedarse calladas, de no bancarse el encubrimiento y de transformar la impotencia en reclamo demuestra que tienen bien aprendida la lección de los últimos años. El mensaje que dejaron es claro: aunque las autoriades o las leyes hagan oídos sordos a la realidad, la sororidad entre mujeres y compañeras sigue siendo el primer y más firme escudo.

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