Entre plumas, lentejuelas y música de murga, el carnaval argentino fue durante décadas mucho más que una celebración popular. En un contexto de persecución y violencia, las mujeres trans y travestis encontraron en la fiesta un espacio efímero de visibilidad, encuentro y supervivencia. Esta nota recorre esa historicidad y analiza el papel central que tuvieron en la construcción de una de las expresiones culturales más emblemáticas del país.
Por Dante Cavallo
En febrero, el aire de las calles argentinas se espesa con olor a espuma, fritura y pólvora de fuegos artificiales. Los bombos marcan el pulso desde varias cuadras antes de que aparezca la murga; lentejuelas, plumas y maquillaje vibran bajo las luces improvisadas de los corsos barriales. En las veredas, familias enteras ocupan reposeras, los chicos corren con pomos de nieve artificial y los escenarios montados en avenidas y plazas transforman por unas noches el paisaje cotidiano en territorio festivo. El carnaval vuelve a desplegarse como un ritual colectivo donde el ruido, el brillo y el exceso suspenden —aunque sea momentáneamente— la rutina y las jerarquías del resto del año.

Desde sus orígenes, el carnaval funcionó como un paréntesis donde las reglas habituales pierden rigidez y lo prohibido encuentra fisuras por donde filtrarse. En esa suspensión del orden – bajo las luces del corso, entre brillos y plumas – el cruce de géneros encontró históricamente un escenario donde existir sin tantas preguntas. Mucho antes de los reconocimientos legales, el carnaval ofreció, aunque fuera por unas noches, un margen de visibilidad para identidades trans y travestis, amparadas en la máscara que, paradójicamente, permitía mostrarse.

Como señala Carolina Figueredo, integrante del Archivo de la Memoria Trans (un espacio para la protección, la construcción y la reivindicación de la memoria trans), el carnaval supo ser ese lapso efímero en el que muchas mujeres trans conocían algo parecido a la libertad. “El resto del año volvíamos a la rutina”, recuerda. La realidad, explica, las obligaba a confinarse en los lugares donde vivían y a circular “con mucha cautela”. “No podíamos salir a comprar”, agrega, dando cuenta de un contexto en el que la visibilidad fuera del marco festivo era un constante riesgo.
La hipocresía social que rodeaba a esos carnavales era evidente: las mismas personas que durante el año discriminaban o ejercían violencia contra el colectivo trans eran las que, llegada la fiesta, se acercaban al corso para mirar —con curiosidad, deseo o morbo— a las travestis que brillaban en el escenario. La tolerancia tenía fecha de vencimiento. Marcela Navarro lo resume con crudeza y continúa explicando: “Ahí realmente nos dábamos cuenta quién estaba viva y quién murió durante el año, porque no teníamos una forma de poder contactarnos si desapareció o falleció alguna compañera”. El carnaval, además de ser el espectáculo en donde podían mostrarse como quienes realmente eran, también era una ocasión de reencuentro multitudinario entre hermanas – muchas veces el único posible en todo el año.

El carnaval tal como lo conocemos —con plumas, lentejuelas y trajes exuberantes— tiene raíces en las tradiciones europeas que llegaron al Río de la Plata en el siglo XIX, donde la fiesta combinó herencias del carnaval veneciano y español con expresiones populares locales. La exageración, el brillo y el artificio siempre fueron parte de su lenguaje estético: el cuerpo se transforma, se magnifica y se teatraliza. No es casual que esa escena haya resultado especialmente convocante para muchas mujeres trans y travestis.
En un contexto que negaba sus identidades el resto del año, el carnaval ofrecía un marco social donde el exceso y la feminidad hiperbólica no solo eran permitidos, sino celebrados. Los registros fotográficos más antiguos muestran que siempre hubo travestis en los corsos, lo que confirma una verdad más profunda: no aparecieron con la conquista de derechos, ni con la visibilidad reciente. Siempre estuvieron ahí, formando parte de la sociedad, aunque obligadas a esconderse durante los otros once meses del año.

Por todo esto —la represión, la clandestinidad forzada, la violencia cotidiana— el carnaval fue atesorado como mucho más que una fiesta. Para muchas travestis y mujeres trans, supo ser un respiro, un día de familia elegida y de comunidad a la vista de todos. El Archivo de la Memoria Trans lo documenta con claridad: gran parte del registro fotográfico que compone el llamado “libro rosa” proviene de esos pocos momentos de encuentro y felicidad compartida. El carnaval era uno de ellos. Allí se tomaban fotos, se posaba con orgullo, se celebraba la propia existencia. En una época en la que casi no quedaban imágenes ni huellas públicas de esas vidas, el corso permitió conservar memoria de lo que, el resto del año, era obligado a ocultarse.
Hoy, el carnaval argentino sigue llenando calles y plazas con bombos, espuma y lentejuelas, pero ya no es el mismo escenario clandestino que fue durante gran parte del siglo XX. La ampliación de derechos y la Ley de Identidad de Género transformaron el marco legal y social en el que las identidades trans habitan el espacio público. Sin embargo, esa presencia actual no puede entenderse sin la historia previa: las travestis y mujeres trans no llegaron después, no irrumpieron en una fiesta ajena. Fueron parte constitutiva del carnaval tal como lo conocemos. Su estética, su teatralidad y su modo de habitar el brillo ayudaron a modelar una de las expresiones culturales más populares del país.

En ese sentido, el Archivo de la Memoria Trans no solo conserva fotografías; preserva una genealogía. Cada imagen recuperada —muchas tomadas en noches de corso— da cuenta de una presencia persistente, incluso cuando el reconocimiento era inexistente y la persecución, cotidiana. Hoy, cuando el carnaval vuelve a desplegarse como celebración abierta, esas imágenes permiten comprender que el brillo no fue solo adorno: fue estrategia, comunidad y resistencia. Y que detrás de cada pluma y cada lentejuela hay una historia que estuvo siempre allí, esperando ser contada.
