El boom del true crime reavivó el interés por asesinos seriales y el debate sobre su glorificación.
Por: Mateo Agustín Alva García
En los últimos años, plataformas de streaming como Netflix han ampliado de manera sostenida su catálogo de series y documentales sobre crímenes reales. El llamado true crime dejó de ser un género de nicho para convertirse en uno de los contenidos más consumidos a nivel global, instalando historias policiales en la agenda cultural y en las conversaciones digitales.
Uno de los casos más visibles fue Monster: The Jeffrey Dahmer Story, que encabezó los rankings de visualización durante semanas y reactivó el interés por la figura del criminal. A esta producción se suman documentales sobre John Wayne Gacy y otros asesinos seriales que volvieron a ocupar un lugar central en el debate público a través de nuevas narrativas audiovisuales.

El fenómeno no se limita al consumo en pantalla. En redes sociales surgieron comunidades que analizan escenas, comparten teorías y producen contenido relacionado con estos casos. La construcción narrativa centrada en la psicología del asesino puede desplazar la atención de las víctimas y contribuir a una representación que algunos interpretan como romantización, lo que genera preocupación en distintos sectores.
El atractivo del true crime no se limita al interés por entender hechos extremos. En los últimos años, parte del público pasó de consumir estas historias a construir una fascinación activa alrededor de los criminales. En redes sociales circulan ediciones, comentarios y publicaciones que resaltan rasgos físicos o de personalidad de estos personajes, generando dinámicas que en algunos casos rozan la admiración. La línea entre analizar un caso y convertir al asesino en una figura celebrada se vuelve cada vez más difusa en entornos digitales donde el contenido se comparte y viraliza con rapidez.
El crecimiento del género abre así un debate cultural más amplio. El crimen convertido en entretenimiento masivo plantea interrogantes sobre la forma en que estas historias son recordadas y consumidas. En un ecosistema dominado por plataformas y algoritmos, la representación de estos casos no solo informa o entretiene, sino que también influye en la construcción social de sus protagonistas.
