Dos amigas, dos mochilas y una ruta improvisada por Europa. Viajar sin certezas, sostenerse en la otra y volver siendo un poquito distinta.
Por Maria Paz Brisighelli

Entre diciembre de 2024 y marzo de 2025, Lucía hizo el viaje más intenso y feliz de su vida: tres meses recorriendo Europa con su mejor amiga, dos mochilas y una inmensa felicidad, aunque el miedo y la incertidumbre también fueron protagonistas. El plan existía, sí: por fin había salido del chat de WhatsApp. Pero en la práctica, solo eran dos amigas —o hermanas, podría decirse— con poco conocimiento sobre cómo armar un viaje de esa duración.
El recorrido empezó en diciembre, en Alicante, alojándose en la casa de una amiga que vive ahí, y desde esa base recorrieron el norte de España. Fue una mezcla increíble de rutina y aventura: desayunar como si estuvieran viviendo en Europa y, al mismo tiempo, salir a descubrir lugares como si fuera el último día.
En febrero llegó la locura europea: Roma, Milán, Chamonix, París, Ámsterdam y Berlín. Tenían dos o tres días en cada ciudad, así que cada lugar se vivía con adrenalina, diversión y felicidad. Improvisaron casi todo, pero antes de llegar buscaban itinerarios en TikTok de gente que ya hubiera ido y armaban un recorrido exprés para aprovechar al máximo cada ciudad.
Caminaron sin parar, aprendieron a moverse en ciudades enormes y totalmente desconocidas, donde se hablan otros idiomas, tomaron trenes y colectivos, y al final del día caían agotadas. Pero aun así, no querían que esa locura que estaban viviendo terminara. A Lucía todavía le pasa lo mismo al recordarlo: le da piel de gallina. Ni ella ni su amiga lograban caer en la cuenta de que estaban haciendo el viaje con el que tanto soñaron.
Sin embargo, lo más lindo no fueron las ciudades, sino el vínculo. Viajar con una amiga durante tanto tiempo le generaba nervios: había que convivir, tomar decisiones juntas, escuchar a la otra. Pero terminó siendo una de las mejores experiencias de su vida. Se rieron tanto que les dolía la panza, se cuidaron ante lo desconocido de las nuevas ciudades, se enojaron por pavadas del día a día y se reconciliaron al minuto. Al final, la conexión se hizo más grande que el viaje.
Claro que no todo fue perfecto. Con un presupuesto de aproximadamente 4000 dólares para todo el viaje, hubo un momento en el que se quedaron casi sin plata. Tal vez por compras compulsivas. El último mes —lamentablemente para ellas— fue más supervivencia que glamour: comer lo que se podía, ajustar todo y aun así seguir caminando como si nada.
Con el tiempo, Lucía entendió que esas dificultades también fueron una parte fundamental del viaje, porque las obligaron a confiar en ellas mismas, a resolver, a reírse incluso cuando no había plan B. Y realmente no lo había. Hoy, cuando piensa en Europa, no se acuerda solo de las postales: se acuerda de ellas dos en una estación cualquiera, con el corazón acelerado y la certeza de que estaban viviendo algo enorme.
Volvieron con la misma ropa —que lavaban en los laundries cuando encontraban alguno—, con la amistad intacta (o más fuerte) y con una sensación difícil de explicar: la de haber cumplido un sueño que durante años parecía demasiado grande.
Porque al final, viajar no es solo conocer ciudades. Es descubrir quién sos cuando no tenes nada asegurado… y darte cuenta de que, incluso así, podes lograrlo.
