Mucho antes del Carnaval, distintas culturas utilizaron hongos alucinógenos en rituales que buscaban la comunicación con Dios y la trascendencia. En la antigua Persia, en Grecia y en Mesoamérica, estos organismos fueron protagonistas de prácticas paganas que el cristianismo, tras adoptar la fiesta, terminó persiguiendo.
Por Sandra Mosconi – Lic. en Ciencias Biológicas.
El Carnaval que conocemos —días de máscaras, desfiles y celebraciones como antesala a la Cuaresma— es el resultado de la incorporación de festividades paganas por parte de la Iglesia cristiana en su expansión por Europa durante la Edad Media. El término “carnaval” viene del latín carne levare (“quitar la carne”), y designaba el período de excesos culinarios y festivos previos a la Cuaresma.
En lugar de prohibir celebraciones arraigadas en la cultura popular, la iglesia las resignificó dentro del calendario litúrgico. Pero mientras algunas tradiciones y cultos paganos fueron absorbidos, otros fueron selectivamente prohibidos. Entre estos últimos se encuentran diversos rituales en el que los hongos con propiedades psicoactivas cumplían un rol muy importante.
El sacerdote, el fuego y el hongo bordado (Mongolia, siglo I d.C.)
En 2009, una expedición arqueológica ruso-mongola dirigida por la arqueóloga Natalia Polosmak trabajaba en las tumbas de Noin-Ula, un cementerio de la élite nómada Xiongnu en las montañas de Mongolia. Al excavar una cámara funeraria, los arqueólogos hallaron fragmentos de un textil de lana de casi dos mil años de antigüedad que mostraba una procesión avanzando hacia un altar de fuego: una columna de dos gradas decorada con círculos que simbolizan el sol y el fuego según la tradición zoroastriana. Al lado del altar, una figura vestida con una larga túnica sostiene con ambas manos un objeto frente al fuego. La micóloga I. A. Gorbunova, de la Academia de Ciencias de Rusia, identificó la forma de un hongo, probablemente del género Psilocybe.
Polosmak y su equipo postularon que el textil representa una ceremonia del haoma, la versión persa del soma védico, la bebida sagrada (psicoactiva) de los pueblos de la antigua India . El soma ocupa un lugar excepcional en la historia de las religiones: a diferencia de la mayoría de las plantas alucinógenas, consideradas mediadoras con lo divino, el soma fue reconocido como un dios por sí mismo .
Los textos del Rig-veda, compuestos hace más de tres mil años, describen el soma como una bebida que otorgaba inmortalidad, visión divina y comunión con los dioses. De los más de mil himnos que componen este texto sagrado de la India, ciento veinte están dedicados exclusivamente al soma . El más célebre de todos, proclama:
«Hemos bebido soma y nos hemos vuelto inmortales; hemos alcanzado la luz y descubierto a los dioses. ¿Qué puede hacernos ahora la malicia de los mortales?»
En la tradición persa, recogida en el Avesta (es como la «biblia» del zoroastrismo), el haoma tiene un capítulo entero. El texto describe cómo esta divinidad se apareció a Zaratustra como «el más bello de los hombres» y le reveló los secretos de su preparación . Los sacerdotes zoroastrianos lo ofrecían en altares de fuego como el que aparece bordado en el textil mongol, convencidos de que otorgaba sabiduría, fuerza y salud .
La identidad exacta de la planta utilizada para preparar el soma ha sido objeto de debate durante más de dos siglos. Entre los candidatos propuestos por los investigadores se encuentran la efedra, la ruda siria (Peganum harmala) y diversos hongos, incluyendo la Amanita muscaria y especies del género Psilocybe . La presencia del hongo en el textil de Noin-Ula refuerza la hipótesis de que los hongos alucinógenos formaban parte de estos rituales.
El hallazgo sugiere que los rituales con hongos no eran prácticas aisladas, sino parte de un complejo religioso compartido por diversas culturas indoeuropeas. Los escitas, un pueblo nómada emparentado con los Xiongnu, eran conocidos en las inscripciones persas como los «que preparan haoma». El textil, elaborado en Siria o Palestina y bordado en el noroeste de la India, viajó miles de kilómetros por la Ruta de la Seda hasta terminar en la tumba de un nómada mongol. Esta dispersión geográfica revela que el conocimiento sobre estos organismos y su uso ceremonial circulaba ampliamente en el mundo antiguo, siglos antes de la expansión del cristianismo.

El kykeon de Eleusis y los Misterios (Grecia, c. 1500 a.C. – 396 d.C.)
Los Misterios de Eleusis fueron los ritos de iniciación más importantes de la Antigua Grecia. Durante casi dos mil años, cada septiembre, peregrinos de todo el mundo griego —hombres, mujeres e incluso esclavos que hablaran griego y no tuvieran «culpas de sangre»— acudían al santuario de Deméter, para participar en ceremonias cuyo contenido era secreto y cuya revelación estaba penada con la muerte.
Para convertirse en epoptai («los que tienen los ojos abiertos» o «los que han visto»), los iniciados debían pasar por los ritos menores (conocidos como la puerta de entrada) y los ritos mayores que consistía en una celebración de nueve días, donde accedían al Telesterion, la gran sala de iniciación, donde bebían el kykeon, una bebida de agua, cebada y infusionada con un hongo alucinógeno. En ese momento, ocurría la epopteia: la visión directa que transformaba para siempre la comprensión de la vida y la muerte.
La experiencia buscaba alcanzar una transformación personal profunda. Los testimonios de Eleusis (Himno homérico, Platón, Plutarco, Cicerón) hablan de una nueva comprensión de la vida y la muerte, y de una relación especial con las diosas.
En 1978, el etnomicólogo R. Gordon Wasson, el químico Albert Hofmann (descubridor del LSD) y el filólogo Carl Ruck postularon la hipótesis de que el kykeon podría haber contenido derivados del cornezuelo del centeno, un hongo parásito (Claviceps purpurea) que infecta los cereales y produce alcaloides psicoactivos. La hipótesis se basa en la descripción de los efectos —visiones, sudores fríos, vértigo— y en experimentos que demostraron la viabilidad de preparar infusiones activas con tecnología antigua. La cebada, presente tanto en el mito como en el ritual, no sería casual: una espiga de cereal era mostrada a los iniciados como la revelación suprema
Final de los Misterios: en el año 396 d.C., el emperador Teodosio I ordenó la clausura de los santuarios paganos, y Eleusis fue destruida. Las ceremonias que habían perdurado por dos milenios cesaron y su contenido se perdió. Al igual que con el Carnaval, ciertos elementos lograron sobrevivir, transformados en el nuevo contexto religioso.


- Hongo cornezuelo del centeno en espiga de cebada. (Claviceps purpurea) ↩︎
- Ruinas del Telesterion de Eleusis, donde los iniciados bebían el kykeon en la oscuridad de la noche y experimentaban la visión divina ↩︎
Teonanácatl, la ‘carne de los dioses’ que los frailes documentaron mientras perseguían (Mesoamérica)
El caso mejor documentado de uso ritual de hongos proviene de Mesoamérica. Las «piedras hongo» mayas, con una antigüedad de hasta 3000 años, representan figuras humanas junto a hongos estilizados en contextos ceremoniales. Códices del siglo XVI, como el Vindobonensis Mexicanus I, muestran a deidades —entre ellas Piltzintecuhtli, el dios de las plantas alucinógenas, sosteniendo hongos en sus manos.
Pero la fuente más detallada fue del fraile franciscano Bernardino de Sahagún, que dedicó décadas a entrevistar a sabios indígenas y recopilar sus conocimientos. El resultado fue la Historia general de las cosas de Nueva España (el Códice Florentino), escrita entre 1540 y 1585. Allí describe las ceremonias en las que se consumía teonanácatl, término náhuatl que se traduce como «carne de los dioses»:
«Lo primero que se comía en la fiesta eran unos honguillos negros que ellos llaman nanacatl y emborrachaban y hacían perder el sentido… Comíanlos con miel… y cuando comenzaban a estar calientes con ellos, comenzaban a bailar y algunos cantaban y otros lloraban… y cuando pasaba la borrachera de los hongos, hablaban unos con otros de las visiones que habían visto.»
La paradoja es que Sahagún documentó estas prácticas mientras su orden desarrollaba campañas de «extirpación de idolatrías» que incluían la prohibición de estos rituales y la destrucción de los objetos asociados. Su obra es hoy la principal fuente de conocimiento sobre la religión azteca anterior a la conquista.

A pesar de la prohibición, las prácticas sobrevivieron en comunidades aisladas. En el siglo XX, el trabajo de Wasson documentó la persistencia de estos rituales en la región mazateca. En 1955, en Huautla de Jiménez, la curandera María Sabina incluyó a Wasson y su camarógrafo en una velada ceremonial. Esa noche, tras ingerir Psilocybe caerulescens, Wasson describió visiones de «palacios con patios, galerías y jardines resplandecientes» y una «sensación de asombro y éxtasis». La ceremonia combinaba elementos prehispánicos con símbolos católicos —altares con imágenes de santos, cruces y velas— en un proceso de sincretismo similar al que había dado origen al Carnaval europeo siglos atrás.

La relación entre el cristianismo y estas tradiciones fue dual: mientras algunas festividades paganas fueron incorporadas al calendario litúrgico —como el Carnaval—, otras fueron prohibidas. Los edictos imperiales en Roma y las campañas de extirpación en México son testimonios de esos procesos. En las últimas décadas, la investigación arqueológica y etnohistórica ha recuperado parte de esta historia, confirmando que los hongos alucinógenos fueron, durante milenios, un elemento central en la búsqueda humana de lo sagrado.
