La voz de «El oro y el moro» tenía un costado solidario: en la pandemia convirtió su programa en un «ministerio» para ayudar a la gente. Y esa misma entrega lo terminó alejando de la radio.
Por Celeste Battiato
Oscar «el Negro» González Oro, murió a los 74 años en su casa de Punta del Este; fue una de las voces más escuchadas de la radio AM argentina. Si bien aún no se conocen las causas de su muerte, su salud se había debilitado en los últimos años. En 2017 le realizaron una operación de corazón con triple bypass y últimamente tenía problemas de movilidad. Entre muchos de sus programas, «El oro y el moro», en Radio 10, fue durante 15 años uno de sus caballitos de batalla. Nunca estudió locución, pero el Instituto Superior de Enseñanza Radiofónica (ISER) le otorgó el carnet de locutor en reconocimiento a su carrera.
Amado y odiado. Consecuente con su línea editorial, cercana a Javier Milei, en diciembre de 2024 fue elegido por el propio presidente para presentarlo en un acto en Montevideo. Portador de un ego tan grande como su trayectoria, ese mismo año se peleó con su gran amiga Susana Giménez por, según él, haberle robado un recurso: jugar al truco en televisión. Sobre el tema, remató en sus redes: «Donde yo esté ahí está la Argentina». Mendocino de nacimiento y charrúa por adopción, su corazón se dividió entre las dos costas del río.
¡Dale gas!
González Oro sumó 35 años en los medios. El ciclo salió al aire por primera vez el 4 de enero de 1999. En su mejor momento, unos 700.000 oyentes lo escuchaban cada mañana en el AMBA, y alrededor de un millón y medio en todo el país. Tenía una fórmula inquebrantable: alegría, música a todo volumen, canciones en vivo, karaoke, letras cambiadas y compañía. A sus oyentes les brindaba palabras cálidas y una sensación de omnipresencia. Acompañaba a la gente común, que confiaba en él. No solo con la información de las noticias, sino principalmente con un espacio que ocupaba lugares vacíos en la vida de muchísimos argentinos.

«Donde yo esté ahí está la Argentina»
«¡Dale gas!», su muletilla, se convirtió en su marca registrada. Cada vez que uno la escuchaba, sabía que inmediatamente venía una inyección de adrenalina, que nos encontraba cantando a Montaner a media mañana como si estuviésemos en una fiesta familiar o en un picnic del Día de la Primavera. Pero detrás de toda esta algarabía se escondía una persona sumamente sensible, que no podía mirar hacia otro lado cuando se trataba del dolor ajeno. La empatía también era uno de sus condimentos, y así fue como, en la pandemia, nació el «ministerio».
El «ministerio» de la pandemia
En 2020, durante la cuarentena, la mayoría de la gente no podía salir de su casa, y esto generó problemas de abastecimiento, especialmente para enfermos y, en particular, para pacientes geriátricos. Fue una situación extraordinaria. El Estado, producto del lockdown, también estaba desbordado. Faltaban remedios oncológicos, insulina, pañales, sillas de ruedas y bastones, entre tantas, tantas otras cosas.
El programa del Negro Oro en Radio Rivadavia tomó la iniciativa de transformarse en un «ministerio» para y por la gente. Salía al aire desde su casa en San Isidro, y desde ahí pidió ayuda al entonces ministro de Desarrollo Social de la Nación, Daniel Arroyo. Le dijo: «Yo no soy un ministro, el ministro sos vos, ayudame». Según contó, Arroyo lo ayudó. Y así lo resumió: «Conseguimos casi todo». Casi.
Pesares y despedidas
Sin embargo, esta cruzada solidaria le dejó cicatrices imborrables. Él mismo contó que no poder conseguir algunas cosas le generaba una carga terrible que lo abrumaba. A eso se sumaron los cinco meses de encierro en su casa, sin poder salir ni a la vereda. Y en esa misma época murieron varios de sus amigos más cercanos.
El 17 de agosto de 2020 tomó una decisión irreversible. Se trasladó a Punta del Este. Un tiempo después sentenció: «Nunca más volví». En marzo de 2021, ya desde la otra orilla, decidió dejar su programa. Habló de un cansancio moral por ver a su país enfermo, y de un cansancio físico: estaba por cumplir 70 años y sentía que se había perdido los últimos 20 años de sus hijos. Aun así, decretó: «La radio no termina conmigo».
Tenía razón: la radio no terminó con él, y hoy le rinde homenaje. Se va una leyenda de la radio, se va el Negro González Oro. Podrán odiarlo, podrán amarlo, pero sin duda será recordado. ¡Dale gas!
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