La inmigración, el fútbol y la identidad nacional ayudan a entender por qué la Argentina despierta admiración en unos y rechazo en otros.
Por Victorina Staudt Venchiarutti
Durante el Mundial 2026, el mundo se vio dividido en dos: los que odian a la Argentina y los que se sienten parte de ella. Y, aunque no es la primera vez que podemos ver un suceso así ocurriendo a nuestro alrededor, si bien antes sucedían de manera ajena a nosotros, por alguna razón (muy clara) terminábamos siendo parte fundamental de la historia del mundo.
Remontémonos a 1860, el comienzo de la migración masiva que sufrió la Argentina luego de diversos conflictos alrededor del mundo, como la Unificación Italiana, la guerra franco-prusiana y las persecuciones y pogromos del Imperio ruso. Nuestros antepasados recibieron cerca de seis millones de inmigrantes en nuestras tierras y, si bien nosotros también obtuvimos algunos beneficios con ese movimiento, como la repoblación del territorio para el desarrollo del país y la modernización de la economía agroexportadora, nuestra sangre quedó mestiza.
No somos negros o blancos, somos «cafe con leche»
Con frecuencia, en redes sociales y en ciertos medios, Argentina queda reducida a estereotipos como el racismo, la xenofobia o la viveza criolla. Es penoso saber todo lo que el mundo nos quitó injustamente para después seguir criticándonos por cada pequeña grieta llena de ignorancia que encuentren.
Dimos hogar, salud y educación a millones de inmigrantes y sus sucesores a lo largo de nuestra historia para que, por un partido de fútbol, nos difamen.
Razones por las que vivimos en Argentina
Sin conocer nuestra historia, sin reconocer sus errores y sin razón alguna más que la envidia, hoy nuestros representantes, colores y cultura están siendo maldecidos para, mañana, usarnos como un capital confiable hacia el éxito y la fama.
Su crítica hacia nuestro «chantaje» viene de siglos de lucha por nuestro reconocimiento y valoración, pero de la manera en la que mejor lo sabemos hacer: desde el humor puro. Luego de miles de sucesos en nuestro país, con dirigentes poco conscientes y muchas malas decisiones, tuvimos que aferrarnos a lo que nos une como país: la pasión por la patria, por lo nuestro y por nuestra esencia. Y, como algunos dicen, «nacimos para sufrir, porque, si no, no somos Argentina», y porque la victoria no sabe igual si es fácil.
La admiración y el rechazo son dos caras de una misma moneda: la relevancia. Porque los países que pasan inadvertidos rara vez generan debates, pasiones o controversias. La Argentina, para bien o para mal, nunca fue uno de ellos.
