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El Carnaval cusqueño: una celebración que une generaciones

Entre yunzas, comparsas y juegos con agua, el Carnaval cusqueño transforma barrios enteros en escenarios donde tradición, comunidad y alegría se mezclan generación tras generación.

Por: Jenly Miranda Romero

En Cusco, el Carnaval comienza antes de que alguien lance el primer globo con agua. Empieza con los preparativos silenciosos, las reuniones familiares y la expectativa compartida que anuncia una de las celebraciones más vibrantes del calendario festivo peruano. Esta fiesta, que mezcla raíces andinas ancestrales con influencias del carnaval europeo, transforma la ciudad imperial en un escenario de alegría colectiva donde la música, la danza y los juegos tradicionales ocupan el centro de la vida cotidiana. Según información del Ministerio de Cultura del Perú sobre festividades tradicionales, estas celebraciones forman parte del patrimonio cultural vivo que preserva prácticas comunitarias históricas.

Con la llegada del día de comadres, las calles comienzan a llenarse de humor y complicidad. Mujeres, amigas y vecinas se reúnen para compartir comida y risas mientras exhiben muñecos satíricos colgados en balcones o postes, una tradición que combina crítica social y celebración. Una semana después llegan los compadres, donde los hombres replican el ritual entre bromas, música y encuentros que refuerzan vínculos sociales más allá del parentesco familiar. En estos días, ser comadre o compadre significa pertenecer a una red afectiva que sostiene la vida comunitaria durante todo el año.

Yunzada en Cusco

Durante estas fechas, el Cusco se cubre de color. El agua vuela de esquina a esquina, las serpentinas se enredan en el aire y el característico talco anuncia que nadie está a salvo del juego. Niños, jóvenes y adultos participan sin distinción, convirtiendo las calles en espacios compartidos donde la celebración involucra a toda la comunidad y rompe, aunque sea por unos días, la rutina diaria.

El momento más esperado llega con la yunzada, también conocida como corta-monte. Un árbol adornado con regalos, globos y serpentinas se planta en medio del barrio como símbolo de abundancia. Al ritmo de bandas y música tradicional, vecinos bailan en círculo mientras, por turnos, golpean el tronco con un hacha. Cada corte provoca risas y expectativa hasta que el árbol finalmente cae y desata una carrera colectiva por recoger los obsequios. Más que un juego, la yunza representa renovación, prosperidad y unión social.

Aunque hoy muchos registran la fiesta con celulares y la comparten en redes sociales, la esencia permanece intacta. Jóvenes que crecieron viendo a sus padres bailar alrededor del árbol ahora repiten el ritual mientras graban videos o transmiten en vivo. La tradición no desaparece; se adapta a nuevas formas de narrarse.

Al final del día, la ropa mojada, el talco en el cabello y el cansancio feliz revelan quién participó realmente del Carnaval cusqueño. Porque más allá del agua o la música, la celebración sigue recordando algo esencial: nadie festeja solo. Entre comadres, compadres y yunzas, el Carnaval continúa siendo una expresión viva de identidad y memoria colectiva.

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