Entre lo místico, lo performático y lo simbólico, la artista catalana explora una imagen que dialoga con la espiritualidad contemporánea y redefine su identidad visual.
Por María Sol Allende

El vestuario y la imagen siempre ocuparon un lugar central en la construcción artística de Rosalía. Desde la apropiación del imaginario flamenco hasta la hiperestilización pop, cada etapa de su carrera estuvo acompañada por una estética clara y reconocible. Sin embargo, en sus apariciones más recientes, la artista parece correrse del exceso visual para acercarse a una imagen más contenida, espiritual y ritual. Vestidos blancos, gestos sobrios, referencias a lo sagrado y una puesta en escena que remite al recogimiento marcan esta nueva fase. La pregunta surge inevitable: ¿qué está diciendo Rosalía a través de esta transformación estética?
Esta nueva imagen no responde a una religión específica, sino a una espiritualidad abierta, atravesada por símbolos universales. El cuerpo aparece como territorio de conexión, silencio y presencia. En contraste con la lógica acelerada de la industria musical, Rosalía propone una estética que desacelera, que invita a la contemplación y al clima introspectivo. La ropa deja de ser solo ornamento para convertirse en soporte simbólico: telas fluidas, capas, transparencias y siluetas que envuelven más que exhiben.
En un contexto cultural donde la espiritualidad gana espacio como forma de búsqueda personal, muchas veces desligada de instituciones tradicionales, esta estética conecta con una sensibilidad generacional. No se trata solo de creer, sino de sentir, de experimentar lo espiritual desde el cuerpo y la imagen. Rosalía parece entender este pulso y lo traduce en una narrativa visual coherente, donde lo íntimo y lo escénico se fusionan.

Sin embargo, en una industria atravesada por el marketing y la construcción constante de imagen, la espiritualidad también puede convertirse en recurso estético. La delgada línea entre búsqueda genuina y estrategia visual vuelve a aparecer. ¿Es posible separar la experiencia personal de la artista de la lógica de producción cultural que la rodea?
Por otro lado, canciones como Berghain funcionan como una clave de lectura. Más que una referencia literal al icónico club berlinés, el tema recupera la idea del ritual contemporáneo: un espacio donde el cuerpo, la repetición y el trance construyen una experiencia colectiva casi espiritual. La pista de baile aparece como templo laico, y la música como vehículo de conexión. Rosalía no romantiza el clubbing desde el exceso, sino que lo resignifica desde la introspección, el silencio y la presencia corporal. Así, el imaginario nocturno se desplaza del espectáculo hacia la experiencia, reforzando una estética donde lo visual y lo sonoro operan como actos rituales.
